Jaime Peñafiel nos cuenta secretos de Lola Flores 28 años después de su muerte
La cantante sigue siendo un referente para cantantes, actrices y bailaoras. Por eso, hasta la Biblioteca Nacional le dedica ahora una exposición

Lola Flores.
En la sala de las Guillotinas de la Biblioteca Nacional, sita en el madrileño paseo de Recoletos, se rinde un homenaje por todo lo alto a Lola Flores. En el centenario de su nacimiento, se ha organizado una gran exposición que lleva el título de "Si me queréis, ¡venirse!", inaugurada el 29 de septiembre y que puede verse hasta el 21 de enero del próximo año. Es una forma de recorrer su gran trayectoria a partir de los fondos que se guardan.
Se la conoció como la Faraona, un apodo que le acompañó mientras vivió y aún después de muerta y que le iba como anillo al dedo, ya que reinó en el mundo artístico como un icono a lo largo de toda su vida, una vida llena de amores, lágrimas, celos, deudas y, sobre todo, mucho arte.
Su existencia estuvo marcada, hasta el día de su muerte, por la pasión. Yo, que tuve la suerte de conocerla y tratarla, puedo dar fe de que no ha habido otra mujer como ella.
Mi admiración por ella es total, porque, a pesar de sus orígenes, llenos de penalidades, fue lo suficientemente inteligente para salir adelante y sacar dinero de debajo de las piedras, con una imaginación asombrosa y con su arte. Hoy, 28 años después de su muerte, continúa siendo una referencia para cantaoras, bailaoras y artistas en general. Y es que, como me dijo: "Aunque yo muera, seguiré viva. Seré eterna".
Cuando Dolores Flores Ruiz nació, el 21 de enero de 1923, en Jerez de la Frontera también llegó al mundo Lola Flores, cuyo arte empezó a despuntar a los 10 años, en la taberna de su padre. Desde entonces, su vida se escribió a gran velocidad, hasta que falleció a los 72 años, víctima de un cáncer contra el que luchó durante décadas.
Los amantes de Lola que yo conocí

Con Manolo Caracol, con quien vivió una tormentosa relación sentimental que duró cinco años.
Cuando aún no tenía 15 años, se enroló en la compañía de Manolo Caracol. Su relación sentimental con él fue épica, duró cinco años y fue una pasión irrefrenable. "Vivíamos una vida violenta. Y eso que Manolo era 20 años mayor que yo. Las peleas eran tan tremendas como las noches de pasión", explicaría la Faraona.
Entre los hombres que la amaron están el actor mexicano Ricardo Montalbán y el galán del momento en Buenos Aires, Carlos Thompson. Era tal el magnetismo que Lola irradiaba que quienes se enamoraban de ella lo hacían hasta las cachas. Aquí, en España, puedo decir que yo viví muy de cerca sus romances con dos futbolistas, Gustavo Biosca, del F. C. Barcelona, y, sobre todo, Coque Benavente, del Atlético de Madrid, que la siguió, incluso, en una gira por América, a mediados de los 50.

Con el futbolista Coque Benavente.
A su regreso, la propia Lola pagó la multa que le puso al futbolista el club por desaparecer. Los hombres de Lola fueron amantes por necesidad y flechazos por pasión. Y al final, Antonio González, "el Pescaílla", se convirtió en su gran amor y su marido. "Era un gitano guapísimo, que cantaba y bailaba la rumba catalana como nadie. Cuando le conocí en Barcelona, me enamoré locamente de él", aseguró Lola.

Aunque era ya la Faraona y la española más famosa, su boda, en octubre de 1957, en El Escorial, fue casi de tapadillo, a las 6 de la mañana y con una veintena de invitados, entre los que yo me encontraba. ¿El motivo?, se preguntará el lector. No sólo porque Lola estaba ya embarazada de Lolita, sino porque Antonio, aunque era soltero, tenía una hija de su relación con Dolores Amaya. Lola contaba en sus memorias, ‘El coraje de vivir’, que, cuando los Amaya se enteraron de que iba a casarse con el Pescaílla, fueron a su casa y le montaron un escándalo. Ése fue el motivo de casarse tan privadamente.
Cuando pidió una peseta a cada español

Una imagen que puede verse en la exposición de la Biblioteca Nacional, con Lola, su esposo y sus tres hijos, Antonio, Lolita y, derecha, Rosario.
No quiero finalizar este relato sobre la gran Lola sin recordar cuando se sentó en el banquillo, acusada de fraude fiscal, a mediados de los 80. No sólo se declaró inocente, sino que recalcó ante el tribunal: "Estoy aquí porque soy una mujer archifamosa". Y se negó a contestar a sus preguntas porque "no quiero hacer el ridículo". Fue entonces cuando pidió por televisión una peseta a cada español para pagar la multa de 28 millones de pesetas a la que le condenaron.
El 16 de mayo de 1995, Lola falleció en su residencia El Lerele, en La Moraleja, víctima del cáncer de mama que padecía desde hacía 25 años. Y toda España sintió una terrible pena, penita, pena.