Jaime Peñafiel nos habla del papa que temió que pudiera ahogarse
La presencia del papa Francisco en la cumbre del G7 estos días me sirve de excusa para recordar un viaje con otro pontífice, Pablo VI, en el que acabé con el agua, no al cuello, pero sí en las rodillas

Jaime Peñafiel se sincera sobre un viaje que llevó a cabo con un papa.
A lo largo de mi larga y dilatada vida profesional he visto pasar por el Vaticano a varios papas. Desde Juan XXIII, el Papa Bueno, conocido por su gran sentido del humor y al frente de la Iglesia desde 1958 hasta 1963, hasta el papa Francisco, sin olvidarme de otros como Juan Pablo I, que fue el más breve de todos.
Juan Pablo II quiso ser piloto

JUAN PABLO II, EL MÁS VIAJERO. El papa Wojtyla con el capitán del avión que, en 1993, le llevó a México.
Mención especial merece Juan Pablo II, el pontífice que quería ser piloto y el más viajero, con 104 viajes apostólicos fuera de Italia y un total de 1.200.000 kilómetros recorridos, o Benedicto XVI, en honor al cual, en Alemania, su país natal, crearon una cerveza que se llamaba Pabstbier, que significa ‘cerveza del Papa’.

El papa emérito Benedicto tomándose una cerveza con motivo de su 86º cumpleaños.

El papa Francisco está algo delicado de salud.
Estos días, la noticia de que, entre el 13 y el 15 de junio, Francisco se convirtió en el primer santo padre en participar en una de las cumbres anuales del Grupo de los 7 (G7), una asociación y foro político que reúne a los líderes de siete de las economías más avanzadas del mundo –Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido y Estados Unidos–, para hablar de inteligencia artificial, me ha recordado a otro pontífice que también fue pionero en muchos aspectos.
El primer santo padre en viajar a Estados Unidos

Juan Carlos y doña Sofía, cuando eran Reyes, con el papa Pablo VI.
Me refiero a mi pontífice más apreciado, Pablo VI, el primero en viajar a Estados Unidos, en 1965, y también en intervenir en un foro tan destacado como el del G7, la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), donde hizo un llamamiento en favor de la paz, en plena guerra de Vietnam.
Justo un año antes, en 1964, Pablo VI –también llamado Papa Montini por su nombre secular, Giovanni Battista Montini– protagonizó otro momento histórico para el Vaticano, cuando anunció, en la conclusión del Concilio Vaticano II, que “tras madura reflexión y abundantes plegarias iré humildemente como peregrino a Palestina”.

El salvoconducto que usé para cubrir ese viaje.
En mi biografía profesional y personal figurará siempre este viaje a los Santos Lugares como lo más emotivo e importante de las informaciones que, a lo largo de más de 60 años, he venido realizando. He de decir que Pablo VI, un papa muy bondadoso, me recordaba a mi padre. Tal vez ese parecido familiar es lo que hizo que, para mí, aquel viaje fuese tan especial.
“En Ammán vi cómo una auténtica marea humana engullía el coche papal, un Mercury negro”

Pablo VI en Tierra Santa en 1964.
La visita duró 57 días y cubrió 5.500 kilómetros, 5.000 en trayectos aéreos y 500 en coche a través de Jordania e Israel, visitando Palestina, Jerusalén, donde recorrió la Vía Dolorosa y dijo misa en el Santo Sepulcro; Belén y el monte de los Olivos, donde tuvo lugar el encuentro con el patriarca greco-ortodoxo Benedictos y con el patriarca de Constantinopla Atenágoras.
Cuando yo llegaba a Jerusalén procedente de Ammán, donde fui testigo del emocionante momento en el que el rey Hussein de Jordania recibía a Pablo VI, vi cómo una auténtica marea humana engullía el coche papal, un Mercury, de color negro, para ver al pontífice. Lo único que recuerdo es cómo la Legión Árabe rescató entre la multitud el automóvil, mientras que la policía se echaba sobre el techo del coche para evitar que la gente se subiese a él.
Una hora duró el espectáculo, lo que tardó el vehículo en recorrer los 200 metros hasta la Puerta de Damasco, donde Montini, a pesar de todo el jaleo, pudo salir para caer en brazos de su escolta y entrar en la Vía Dolorosa. Allí miles de personas amenazaban su integridad física.
Eso no lo detuvo. Caminó, como pudo, hasta el Santo Sepulcro con la ayuda y protección de la Legión Árabe mientras impartía su bendición sin apenas poder mover los brazos. En la plaza quedó su coche con los faros destrozados, lleno de abolladuras y sin la bandera pontificia, arrebatada por la multitud.
“Sólo el Señor pudo caminar sobre las aguas”, nos dijo

El Padre Ángel con el Papa Pablo VI.
Otra parada de ese viaje fue el lago Tiberíades, también llamado mar de Galilea. Con las olas casi lamiéndole los pies, el Papa se inclinó humildemente sobre las aguas y, tomando una poca en el hueco de sus manos, se santiguó y la bebió para acabar musitando: “¡Tiberíades, Tiberíades!”.
Para poder captar de frente este momento y tener la mejor foto, me introduje, junto a otros periodistas, en el agua hasta que me llegó a las rodillas. El Papa, asustado al vernos en el agua, temiendo algún percance, se dirigió a nosotros con las siguientes palabras: “Muchachos, sólo el Señor pudo caminar sobre las aguas”, al tiempo que nos bendecía.
Seguidamente, reanudó su peregrinaje mientras que, en mi corazón, quedaban remansados, como las aguas del Tiberíades, la voz, el gesto y la bendición del Papa peregrino.