John-John Kennedy y Carolyn Bessette: el trágico y prematuro final de un amor vertiginoso
Eran jóvenes, triunfadores y vivían los primeros capítulos de un romance que nos había hipnotizado. Pero el 17 de julio de 1999, el avión que pilotaba el hijo de Jackie Kennedy para ir a una boda desapareció entre la niebla y se estrelló en las frías aguas del Atlántico

John-John Kennedy y Carolyn Bessette.
John-John Kennedy y Carolyn Bessette son una pareja eterna. Porque el paso del tiempo no ha logrado borrar su encanto, su modernidad ni su vigencia como iconos de una época.

Él fue el pequeño príncipe de América. No en vano era hijo del inolvidable presidente John Fitzgerald Kennedy, que murió asesinado en 1963, y de Jackie Kennedy, la viuda de América.
Abogado de profesión, prometedor político como heredero del clan Kennedy y editor de su propia revista, ‘George’, John-John fue famoso por su estilo de vida, algo desordenado, y sus idilios.

Pareja perfecta. Si él heredó el atractivo de su padre y su madre, Carolyn –en la foto con Lucky, paseando por Manhattan– deslumbraba por su clase y su elegancia natural.
Y, cuando el mundo se enteró de la existencia de Carolyn Bessette, la pregunta fue: ¿qué tiene esta joven que no tengan Daryl Hannah, Julia Roberts, Madonna o Sharon Stone, con quienes se le había relacionado? Carolyn era, según sus amigos, “una persona temperamental, discreta, sencilla y muy cuidadosa en el amor” y también era organizada y responsable, dos cualidades que John-John nunca cultivó demasiado.
Y, a pesar de sus diferencias, estaba escrito que acabarían juntos para ser los príncipes de América. Su primer encuentro se produjo ‘oficialmente’ en 1992, cuando ambos coincidieron haciendo ‘running’ en Central Park, aunque la realidad fue menos hollywoodiense, ya que se conocieron en una discoteca gracias a amigos comunes, en un momento en que el cachorro de los Kennedy estaba saliendo con la actriz Daryl Hannah.
Al año siguiente, Cupido empujó a John-John a una tienda de Calvin Klein, donde Carolyn, directora de relaciones públicas de la firma, le atendió personalmente. Ese día, Kennedy adquirió tres trajes, sintió que su corazón daba un vuelco, mientras observaba a aquella mujer de 1,83 de altura, ojos azules como el cielo y de aspecto etéreo, que le asesoraba para lucir como un auténtico príncipe, y se dio cuenta de que tenía ante sus ojos a la princesa que llevaba tiempo buscando.
Romántica pedida de mano

Al cabo de un año, incapaces de imaginar sus vidas separadas, estaban viviendo juntos en el apartamento que él tenía en el neoyorquino barrio de Tribeca.
Y en 1995, su vertiginoso amor escribió otro capítulo en una de sus escapadas a la isla de Martha’s Vineyard, Massachussets, donde estaba la residencia preferida de Jackie Kennedy, que había muerto un año antes.
Una tarde, John-John le propuso a Carolyn ir a pescar y, aunque no tenía ganas, aceptó. Cuando estaban en el barco, alejados de la costa, él se arrodilló en la cubierta, sacó el anillo y se le declaró diciendo: “Siempre es mejor pescar acompañado”. Las risas de los dos enamorados sobrevolaron el tenue oleaje del atardecer, ignorando que aquellas eran las mismas aguas en las que, años más tarde, les recibiría la muerte.
Su noviazgo no fue siempre de color de rosa. Pasó por momentos complicados, sobre todo al principio, por la presión mediática a la que se vio sometida Carolyn, como le ha ocurrido a tantas princesas reales que siendo plebeyas se han enamorado de futuros reyes.
“Mi esposa pasó de la noche a la mañana de ser una ciudadana privada a alguien público y lo soportó bastante bien. Creo que la gente olvida cuán duro puede ser. Carolyn es una mujer muy reservada”, diría John-John en un ejercicio de solidaridad con su mujer.
“Ahora, estamos disfrutando de una vida mucho más normal, porque la novedad ya ha pasado. Pero, sí, el primer año la curiosidad fue agobiante”, dijo en una de sus últimas entrevistas el editor de ‘George’.
La tragedia final

La boda se celebró el 21 de septiembre de 1996 y sólo 40 personas fueron testigos del “sí, quiero”, en una diminuta capilla de madera de la isla de Cumberland, bajo la tenue luz de unas velas. “¡Soy el hombre más feliz de la tierra!”, exclamó el recién casado, John F. Kennedy Jr.

Flores y una foto para recordar a la pareja. Al morir, ella tenía 33 años y él, 38.
Y, aunque los rumores de su desavenencias conyugales, totalmente infundados, y la falta de descendencia empañaron su historia de amor en algunos momentos, cuando, el 16 de julio de 1999, los dos se subieron, con la hermana de Carolyn, Laura, al Pipper Saratoga que debía llevarles a Hyannisport, John y Carolyn eran una pareja feliz.
Su final, en la flor de sus vidas y con todo el futuro por delante, fue una cadena de fatalidades, como si los hados del destino, envidiosos ante su felicidad, hubieran planificado a conciencia la trampa fatal para que esa historia de amor acabase en tragedia.

El último vuelo. John-John en el avión en el que murieron él, Carolyn y su cuñada.
La meteorología de aquel 17 de julio de 1999, con una espesa niebla que dificultaba la visibilidad; la hora del vuelo, por la noche; la inexperiencia de Kennedy pilotando aviones –obtuvo su licencia hacía apenas un año–, y una lesión que había sufrido en su pie izquierdo haciendo parapente y de la que aún no estaba recuperado, fueron demasiadas circunstancias en contra de nuestros héroes como para salir indemnes de aquel viaje, cuyo destino tendría que haber sido Cape Cod. Aunque acabó siendo el fondo del silencioso océano.