El emotivo relato de los niños perdidos 40 días en la selva
Lesly, Soleiny, Tien y Cristin, que fueron rescatados el 9 de junio, siguen hospitalizados y recuperándose de su odisea, de la que apenas quieren hablar

Imagen de la selva, donde la luz del sol no llega al suelo.
El pasado 1 de mayo, Magdalena Mucutuy tendría que haber comenzado una nueva vida. Dejaba, acompañada por sus cuatro hijos, su pueblo en la amazonia colombiana para reunirse con su marido en Bogotá.
Pero ni el destino ni la selva quisieron que Magdalena viese cumplido ese sueño. A las 7.45h del fatídico día, el avión de Avianline en el que viajaba con Lesly, de 13 años, Soleiny, de 9, Tien, de 4, y Cristin, de uno, se precipitó y cayó entre las copas de los árboles de una selva tan tupida que, simplemente, lo engulló. Luego, el silencio.

"Mi nieta quedó debajo de su madre. Al rato de haber caído, reaccionó y vio que una pierna se movía y entonces se dijo: “Mi hermanita está viva”, y la cogió. Eso es lo que me contó", declaró el abuelo.
Y como tenía una herida que sangraba en la cabeza, Lesly se la cubrió con un pañal de su hermana. Después, pensando que pronto irían a buscarlos, entre todos montaron un campamento cerca de la aeronave, con ramas, una toalla y una mosquitera, y sacaron del avión bolsas, ropa, un botiquín, pañales, harina de mandioca, unas tijeras y el biberón de Cristin. Todo lo que podía serles útil.
Cuatro días más tarde, y ante la presencia de animales salvajes, Lesly decidió que lo mejor era ponerse en marcha e ir en busca de comida y de algún sendero que les llevara a algún poblado.
Cogieron del avión todo lo que podía serles útil

Estado en el que quedó la avioneta. Fallecieron tres adultos, entre ellos la madre de los niños.
Antes de abandonar el dantesco escenario, Tien le preguntó a su hermana mayor qué pasaría con su madre. "Está durmiendo", le dijo ella. "¿Y cuándo se despertará?", insistió Tien. Y, como para eso, Lesly no tenía una buena respuesta, se encogió de hombros, a punto de llorar, mientras cogía al bebé en brazos y se ponía a caminar.

El biberón de Cristin.
En esos momentos, el ejército colombiano y un grupo de indígenas, entre ellos el padre de los cuatro hermanos, Manuel Ranoque, ya estaban buscándolos desesperadamente en la llamada operación Esperanza. Mientras los militares utilizaban GPS, fotos tomadas por satélite y helicópteros, los nativos se guiaban por su conocimiento de la selva y los chamanes usaban sus rituales para establecer contacto con los "espíritus del bosque".

Wilson, junto a uno de sus hallazgos, unas tijeras.
Manuel, el padre de los niños, recordaba que el hechicero de su aldea ayudó a encontrar a su hermana, que "estuvo perdida 36 días". Y, de hecho, fueron estos guías espirituales los que abrieron las puertas a la esperanza al dar con el primer rastro del accidente y de los niños, ya que encontraron el avión y, después, huellas de los hermanos y, con ello, la prueba de que sí, estaban vivos.
Inmediatamente, el capitán Montiel, del ejército colombiano, informó de los hallazgos a Bogotá y entonces se decidió que varios helicópteros sobrevolaran la zona lanzando paquetes de comida –los niños encontraron uno, con suero hidratante, harina, galletas... que les ayudó a paliar el hambre que estaban pasando– y transmitiendo un mensaje grabado por la abuela de los niños, Fátima Valencia, diciéndoles: "Se lo suplico, mantengan la calma, el ejército les está buscando".
Cuando habían pasado cerca de 20 días, Lesly y sus hermanos se toparon con Wilson, el perro del ejército. "Nos acompañó unos días, pero luego desapareció", contaría la niña, que también explicó que empezaron a oír voces, pero tenían miedo de acercarse. "Y yo temía que nos regañasen y nos castigasen por haber abandonado el avión", le contó a su abuela. Tal era aquel miedo irracional, que Lesly contó que, una vez, los soldados pasaron a 10 metros de ellos, que se quedaron quietos y ella le tapó la boca a la bebé para que no llorara.

Dibujo que hicieron los niños de Wilson, el perro de rescate que les acompañó varios días antes de perderse. Ya han dejado de buscarle.
Los cuatro pernoctaron en cuevas, se alimentaron de frutas silvestres y semillas, dejaron notas en los lugares donde dormían y siguieron caminando por la selva, protegidos, según los indígenas, por los "duendes".
Mucho trabajo tuvieron los espíritus de la selva para salvaguardar a estos niños en este inhóspito lugar, en el que no se ve más allá de 20 metros, donde el sol jamás llega al suelo y donde la amenaza de animales como jaguares y serpientes está presente día y noche. Sin embargo, la clarividencia de Lesly logró sacar a todos sus hermanos del infierno. Es más, cuando perdió el biberón de Cristin, le hizo un recipiente con hojas de árboles para poder darle agua al bebé.
Colaboración entre indígenas y soldados

El padre de los niños, Manuel Ranoque, junto a doschamanes que colaboraron en el rescate.
El tiempo pasaba y los niños no aparecían, de manera que el ejército y los indígenas decidieron unir esfuerzos. Como dijo el general al mando de la operación Esperanza, Pedro Sánchez: "Si hemos terminado con las opciones militares, ¿por qué no probar las espirituales?".
Los militares son superiores en cuanto a radio y GPS, mientras que los indígenas son mejores montando campamentos y sobre todo analizando huellas. En definitiva, se dieron cuenta de que juntos eran más fuertes para descifrar los secretos de la selva y, así, poder dar con los niños.
Pero llegó el día 39 de la búsqueda y nada había cambiado. Ni rastro de los niños. La esperanza estaba en su punto más bajo y, entonces, los espíritus hablaron cuando uno de los chamanes, José Rubio, conocido como el Tigre, pronosticó: "Encontraremos a los niños mañana. Id por este camino hacia el oeste", ordenó.

Soldados colombianos.
Y el equipo de rescate así lo hizo. Era 9 de junio y, alrededor de las 14 horas, un grupo de soldados e indígenas, que llevaban horas caminando hacia el oeste, escucharon ruidos. Aceleraron el paso mientras sentían cómo sus corazones latían con más y más fuerza y, de pronto, en un claro de la selva los vieron.
¡Por fin, allí estaban! Lesly, con la pequeña Cristin en sus brazos; a su lado, una exhausta Soleiny y, un poco más allá, sobre un lecho de hojas, Tien, que era un saco de huesos. "La mayor, Lesly, con el bebé, corrió hacia mí y me dijo “Tengo hambre”. Otro de los niños estaba acostado y al verme se levantó y me dijo: “Mi mamá está muerta”, y después me pidió pan con salchichas", declaró uno de los militares que encontraron a los niños.
"Están ganando peso y talla"

Lesly trasladada en camilla.
Ahora, los cuatro hermanos siguen recuperándose en el hospital militar de Bogotá, donde reciben las visitas de su padre y sus abuelos, pero donde apenas hablan de lo ocurrido en sus 40 días perdidos en la selva. Y es que la sombra del miedo y la angustia que han pasado planea sobre ellos.
La directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), Astrid Cáceres, ha explicado que "están ganando peso y talla. Esperamos una evolución muy positiva, aunque aún no se sabe cuándo recibirán el alta". Astrid añade que, en seis meses, se decidirá quién tendrá la custodia de los niños, si los abuelos o el padre, sobre el que pesa una acusación de malos tratos.
Para acabar, destacar que, como suele ocurrir en estos casos, ya hay 13 productoras de Hollywood interesadas en llevar al cine esta epopeya.