Max Factor, el hombre que democratizó el maquillaje
Ya hace más de 150 años del nacimiento de este empresario judío polaco que, gracias al revolucionario maquillaje que creó para las actrices del Hollywood dorado, montó uno de los grandes imperios cosméticos

Maximilian Faktorowicz nació el 15 de septiembre de 1872 en Zduńska Wola, Polonia. Su padre era judío y trabajaba en la industria textil, pero la situación en su hogar era precaria, por lo que Maximilian comenzó a trabajar desde niño. Después de vender frutas, cacahuetes y dulces en el vestíbulo del Teatro Czarina de Łódź, a los 8 años comenzó en el oficio que sería clave para su futuro: ayudante de farmacia, lo que le permitió aprender los principios básicos de química para hacer ungüentos.
Un año después, fue ayudante de un prestigioso fabricante de pelucas y descubrió los secretos de las mismas. Ya formado, trabajó con un reputado estilista hasta que, a los 14 años, se mudó a Rusia, donde trabajó para Korpo, el esteticista de la Gran Opera Imperial Rusa. Tras alcanzar la mayoría de edad, sirvió cuatro años en el ejército ruso, pero mientras trabajaba como enfermero en el Hospital Militar, en su cabeza no dejaban de bullir proyectos, mientras practicaba con pomadas y brebajes.
Un matrimonio y tres hijos ocultos

Cuando regresó a Moscú con 22 años, abrió su propia tienda donde él mismo hacía sus cremas, coloretes y pelucas. Tuvo la suerte de que los miembros de una compañía de teatro probaran sus productos y quedaran encantados. Gracias a sus alabanzas, las ventas se dispararon y eso llamó la atención de la corte del zar Nicolás II. Los aristócratas acudían a Max para asesorarse y mejorar su aspecto con sus productos.

Su éxito fue tal que llegó un momento en el que ya no le dejaban salir de la corte ni para ir a su tienda y Factor iba siempre rodeado de escoltas. Se casó a escondidas y tuvo tres hijos, que ocultó incluso a las personas con las que trabajaba.
Su felicidad y su buena racha se truncaron cuando el antisemitismo se hizo tan fuerte en Rusia que, en 1903, el zar ordenó expulsar a los judíos de sus aldeas, quemarlas y agruparlos a todos en un mismo lugar. Max estaba contra las cuerdas y no sabía cómo salvar a su familia cuando un general amigo le ayudó a organizar un plan de huida: Max amarilleó su rostro con su maquillaje para fingir que estaba enfermo y le dejaron irse a Karlsbad, balneario al que acudían los miembros de la corte. Allí, en un descuido de sus guardianes, se escapó con su esposa y sus hijos. Caminaron a través de los bosques hasta llegar a la costa, donde un barco los llevó rumbo a América.
Chaplin y Keaton usaron su maquillaje

Cuando se estableció en Los Ángeles, California, Max Factor cambió su nombre y abrió su primera tienda. El negocio creció lentamente hasta que un día, sorprendido por el aspecto macabro de algunos actores que pasaron por su tienda, los siguió hasta el lugar donde estaban filmando una pelea de bar. Quería analizar el maquillaje que usaban. Descubrió que se trataba de un producto muy tosco, hecho de manteca, harina o incluso polvo de ladrillo. La pasta tenía un grosor de dos centímetros y se secaba y agrietaba.

Max comenzó a investigar y creó el primer cosmético para el cine que se extendía fácilmente sobre la piel y se vendió en 12 tonalidades. Era el año 1914 y actores como Charles Chaplin o Buster Keaton se rindieron ante la creación revolucionaria de Factor. Él mismo se encargaba de maquillar a las estrellas, ganándose la reputación de saber personalizar los rostros para que luzcan espectaculares en la gran pantalla.
Su maquillaje no fue lo único que triunfó en la industria del cine. También logró hacer pelucas y postizos con pelo natural para los actores. Debido a su elevado costo, tuvo una idea genial: alquilarlos para rodajes.

Gracias a la industria cinematográfica, el negocio de Max creció. Creó el primer maquillaje corporal resistente a la sudoración, así como también su opuesto, el "sudor cinematográfico". Además, acuñó el término "make-up", mejoró las fórmulas de los bálsamos labiales, hizo lacas de uñas y lanzó el "blanqueador líquido supremo" para dar un acabado más atractivo a hombros, cuellos y brazos. Incluso imitó a su competidor en el sector, el alemán Leichner, la idea de vender su maquillaje en barra en lugar de tarros.
En 1922, comenzó a comercializarlo y tuvo un gran éxito. Grandes actrices como Bette Davis, Joan Crawford o Judy Garland se convirtieron en sus clientas más destacadas, ya que él creó un tono diferente para cada una de ellas gracias a la gama "armonía de color", que popularizó en 1918.

Max fue el responsable del labio pintado en forma de corazón de Clara Bow, de los labios extremadamente carnosos que lucía en pantalla Crawford o de la tez atractiva de Rodolfo Valentino, a la que disimulaba su tono moreno.
Ganó un Oscar en 1928

A finales de los años 20, el cine mudo dio paso al sonoro. Con el uso de micros, ya no se podían usar las luces de arco de carbono que chisporroteaban y los focos que se usaban causaban sombras en las caras de los actores. Sin embargo, esto no fue un problema para Factor, quien, junto a su hijo Frank, creó una nueva fórmula: un maquillaje pancromático adaptado para el cine en blanco y negro, por el que Max recibió un Oscar en 1928 por su contribución a la "investigación de la iluminación incandescente".
Este galardón fue un impulso para Factor, que siguió creando maquillajes más refinados, como el Pan-Cake. Este producto compacto era tan bueno que, en el set de grabación, las mujeres lo robaban para llevárselo a casa. Como era oscuro, pensado para la gran pantalla, Max lanzó una línea más clara para que lo pudieran comprar todas las mujeres, no solo actrices, democratizando así el maquillaje.
Max, quien era tan odiado en Europa por su éxito que incluso recibió amenazas de muerte, falleció el 30 de agosto de 1938 en su casa de Hollywood a los 61 años. Su legado fue continuado por su hijo Frank, quien cambió su nombre para ser Max Factor Jr. y cuya innovaciones, como el labial a prueba de manchas, el maquillaje en barra y las técnicas de contorneo, llegaron a los hogares de todo el mundo.
En los años 60, la tercera generación de los Factor vio cómo la compañía entraba en bolsa. Tras pertenecer a varias empresas, en 1986 Revlon la compró por 500 millones de dólares y en 1991 la revendió a Procter & Gamble, a la que aún pertenece.